Entre corazón y razón

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Considerar a la mente y el cuerpo como entes separados ha sido una de los cimientos de la filosofía occidental desde la Antigüedad. En Europa no hubo pensamiento alternativo hasta el siglo XVII, cuando Spinoza se enfrentó al planteamiento de Descartes (pienso luego existo) argumentando que mente y cuerpo no son sino dos manifestaciones de una misma esencia humana, y que el raciocinio y el sentimiento son inseparables. Esto es algo que en Occidente suena a filosofía oriental, anterior a Platón por cierto, pero es que además aparece en otras culturas del mundo. Aquí, Descartes fue inmortalizado y su doctrina racionalista marcó la filosofía europea durante los siguientes siglos.

Sin embargo, avances recientes en la exploración del cerebro humano indican que la separación de funciones irracionales y racionales no está nada clara. Según el Dr. Damasio (cuyo primer libro se titula El error de Descartes), las emociones (respuestas químicas y neuronales a estímulos) y los sentimientos (la evaluación consciente de esas emociones), desempeñan un papel crucial en el pensamiento. Parece ser que los sentimientos nos ayudan a filtrar opciones y nos encaminan en la dirección adecuada para la toma de decisiones.

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El proceso mental requiere pues inputs del cerebro y del cuerpo a la vez. El cuerpo proporciona la materia básica para las representaciones cerebrales, y el cerebro registra “marcadores somáticos” tanto para el amor, el odio y la angustia, como para la solución de un problema científico o la creación de un nuevo artefacto. Todos se basan en acontecimientos neuronales que ocurren en las mismas regiones del cerebro. El corazón no es pues un enemigo de la razón, sino un aliado fundamental. Una evaluación de las emociones sana y entrenada facilita un raciocinio robusto. Una infancia rica en interpretaciones de emociones (que no en simples estímulos) nos capacitará para razonar mejor en la edad adulta. Por eso la inmediatez de emociones y la brevedad de la comunicación que traen las nuevas tecnologías puede percibirse como una amenaza al desarrollo intelectual de las siguientes generaciones.

¿Y qué tiene que ver todo esto con nuestra industria? Las implicaciones en el desarrollo de instalaciones de ocio son múltiples.

Desde un punto de vista artístico, justifican la creatividad como gran expresión de la conciencia humana, un salto adelante en nuestra evolución como especie. Un mono puramente dualista probablemente no habría pintado las cavernas.

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Desde un punto de vista formal, da un sentido biológico al hecho de que la percepción de la belleza esté íntimamente ligada a fórmulas matemáticas como la proporción áurea, que aparece en la arquitectura, pintura, música, y en nuestros propios rostros. Si algo tiene sentido para la razón y para el corazón, es cuando nos atrae.

Y desde un punto de vista de diseño, justifica la armonía de criterios emocionales y racionales en la configuración de experiencias para los usuarios, pues los humanos tomamos conciencia de nuestro entorno de forma holística, no sólo a través de los cinco sentidos, sino también del raciocinio.

El corazón tiene razones que la razón desconoce.
(Blaise Pascal 1623-1662)