La pintura termocrómica introduce una nueva capacidad en arquitectura, más en concreto, en lo que respecta a las fachadas de los edificios: hace visible la temperatura en tiempo real a través del cambio de color.
Las pinturas termocrómicas contienen pigmentos que reaccionan al calor, por lo que al alcanzar una temperatura determinada, se vuelven transparentes y revelan una capa inferior de distinto color. El resultado es una superficie que cambia de aspecto sin necesidad de sensores ni electrónica.
Pero la utilidad de este tipo de recubrimientos va más allá del efecto estético. Por un lado, sirven como dispositivos de diagnóstico visual: gracias a ellos es posible identificar puentes térmicos, zonas de acumulación de calor o puntos de mayor exposición solar sobre la fachada. Respecto a la seguridad, sirven para detectar sobrecalentamientos en cubiertas, conductos o equipos antes de que se conviertan en un problema.

Sin embargo, la aplicación de las pinturas termocrómicas a las fachadas requiere de alguna precaución. Y es que su vida útil es inferior a la de los revestimientos convencionales, pues la radiación ultravioleta degrada los pigmentos con el tiempo, especialmente en exteriores, por lo que necesita selladores protectores.
Por Ángel Ibáñez Pérez, ingeniero MEP sénior en el Dpto. de Arquitectura de Amusement Logic

