Ben Barker nos abre las puertas a una vida de nómada, aventurero y, también —¿acaso no es lo mismo?—, de emprendedor. Una infancia y juventud itinerantes lo llevaron a vivir por todo el globo, lo que hizo que hoy se considere «del mundo». Convirtió su vocación viajera en negocios de aventura auténticos, desde un remoto albergue en Tanzania hasta proyectos pioneros en Arabia Saudí. Aprendió a lo largo del camino que el éxito reside en la resiliencia, la curiosidad y un respeto genuino por las personas y los lugares. Huye del lujo artificial para buscar la riqueza de las experiencias puras y los paisajes reales. Para él, la vida es aventura. Acompañadlo en este apasionante viaje, aquí:
Amusement Logic: Pasó toda su vida como expatriado del Reino Unido. ¿Su infancia y juventud en constante movimiento moldeó su forma de entender el mundo y, en última instancia, de crear un negocio en él?
Ben Barker: Nunca conocí realmente una vida arraigada en un solo lugar. Salí del Reino Unido a los seis meses de edad y pasé toda mi infancia mudándome por Oriente Medio y Extremo Oriente. Es casi un hábito familiar: mi abuelo dirigió una plantación de té en Sri Lanka a los diecinueve años y luego se convirtió en uno de los primeros expatriados en Qatar y Baréin. Ese espíritu nómada nos contagió a todos. Crecer en tantas culturas diferentes me ha dado una conciencia instintiva de las personas, los lugares y lo diferente que es el mundo según dónde te encuentres. Nunca me he sentido vinculado a un solo país; mi hogar siempre es el lugar donde vivo en cada momento. Esa movilidad también ha influido en mi forma de trabajar. Ya sea que me reúna con un ministro en Arabia Saudita, un líder comunitario en China o un promotor inmobiliario en Emiratos Árabes Unidos, abordo cada contacto con la misma apertura y curiosidad. Hay una cierta libertad en verse a uno mismo como «del mundo» en lugar de pertenecer a una pequeña parte de él.
A.L.: Estudió Gestión Hotelera y Turística Internacional. Podría haber tenido una brillante carrera en el turismo convencional, pero en cambio eligió la aventura. ¿Qué le llevó a tomar ese camino?
B.B.: La aventura me encontró mucho antes de que me diera cuenta de que la elegía. Acampar en las dunas de arena y cruzar los uadis de Omán a los tres años forman algunos de mis primeros recuerdos. Mi adolescencia estuvo plagada de pequeñas expediciones con mi padre: senderismo por volcanes en Indonesia, por las selvas tropicales de Borneo, buceo en Filipinas… Cuando llegué a la universidad, tenía una necesidad incontrolable de explorar cualquier cosa fuera de lo común. Mis prácticas solo la reforzaron: seis meses en un hotel de Tokio, donde no hablaba japonés, y seis meses en un Hyatt tradicional en Carolina del Sur, dos entornos diametralmente opuestos, pero ambos demasiado «estándar» para mí. Probé en el sector turístico, dirigí expediciones en Mongolia y China, y luego aterricé en Tanzania y allí dirigí un pequeño albergue de buceo donde la vida era dura, cruda y real. Más tarde vino Dubái, luego Whistler, luego volví a los Emiratos Árabes Unidos, donde desarrollé Wadi Adventure (el primer parque de aguas bravas y surf del mundo); después monté mi propio negocio, me mudé a las Seychelles por su naturaleza salvaje y empecé a trabajar para una marca de medios de comunicación en el desarrollo de destinos extremos; y ahora lo mismo con el Warrior Group… Cuando miro atrás, es obvio: la aventura no fue una elección profesional, se trata simplemente de lo que siempre he sido. Suena trillado, pero la vida es realmente una aventura.

A.L.: Se describe a sí mismo como un «emprendedor nato». ¿Cómo combina en la práctica el espíritu de aventurero con la mentalidad de emprendedor?
B.B.: La aventura y el espíritu emprendedor siguen el mismo mapa: eliges un destino, pero la ruta rara vez es recta. Hay falsos comienzos, callejones sin salida, obstáculos inesperados y momentos en los que te ves obligado a replantearte todo. En ambos mundos, la magia reside en mantener la curiosidad, seguir adelante y disfrutar de los pequeños momentos del camino. La aventura enseña resiliencia: sigues adelante cuando el camino desaparece, te adaptas cuando cambia el tiempo y aprendes a reírte cuando las cosas salen mal. De todas formas, amanece a la mañana siguiente, independientemente de los fracasos del día anterior. En los negocios ocurre lo mismo. No se tiene éxito porque todo salga según lo previsto, sino porque estás dispuesto a dar un rodeo, a improvisar, a tomar decisiones audaces y a mantener vivo el espíritu de exploración. He descubierto que abordar el emprendimiento como una expedición —con poco ego y mucho coraje— crea un fundamento mucho más sólido de lo que podría hacerlo cualquier libro de negocios.
A.L.: Nos hablaba hace un momento del Swahili Divers Lodge, el albergue que dirigió en una región remota de Tanzania. ¿Fue esta experiencia, lejos de las grandes cadenas hoteleras, la que le mostró que había otra forma de abordar el turismo? ¿Qué aprendió de ese periodo?
B.B.: Dirigir un pequeño albergue de buceo en una remota isla de Tanzania fue la mejor lección que pude recibir. El lugar se construyó en torno a la pura experiencia: el buceo para personas que vivían y respiraban el océano. Pero la vida en tierra era igualmente inolvidable. Cuando algo se rompía, no había ninguna tienda donde repararlo, improvisábamos con lo que encontrábamos. En una ocasión en que el chef no se presentó para atender a 30 comensales hambrientos, nuestro jardinero tomó el relevo y resultó ser brillante. Las tardes consistían en atender a los huéspedes después de largos días en el agua, en el desempeño de cualquier función necesaria: gerente, narrador, mecánico, solucionador de problemas. Aprendí a mantener la calma en los momentos en que lo inesperado se convertía en normal, como después de los golpes militares, cuando soldados borrachos con AK-47 merodeaban por la puerta y exigían alcohol. Lo más importante es que me enseñó a respetar, a respetar profunda y genuinamente a todos los que me rodeaban: askaris [término del somalí, el suajili y el árabe empleado hoy de manera informal para referirse a policías y guardias de seguridad], chefs, barqueros, huéspedes, aldeanos. Tratar a las personas con amabilidad y dignidad se convirtió en un principio innegociable para mí. Esa experiencia no solo me mostró otra forma de hacer turismo, sino que moldeó mi forma de abordar la vida.
A.L.: Con Warrior Group, trabajó en proyectos de Arabia Saudita y África Oriental. ¿Cuáles son los fundamentos estratégicos para el éxito de un destino de aventura en regiones que desarrollan su oferta turística desde cero?
B.B.: Los destinos de aventura en lugares como Arabia Saudita y África Oriental no pueden copiarse tal cual de Europa o Norteamérica. Deben construirse desde cero con un profundo conocimiento de la cultura, el clima, la identidad y lo que entusiasma a los jóvenes locales. Estas regiones se abren ahora por primera vez a los deportes al aire libre, por lo que los destinos deben ser divertidos, accesibles e inspiradores, y dar a las personas la confianza necesaria para que prueben algo nuevo. También deben ir más allá de la actividad física: la cultura, la narración de historias, lo histórico, la naturaleza, la gastronomía y las actividades nocturnas son tan importantes como las rutas de senderismo o las tirolinas. La sostenibilidad y la viabilidad comercial deben ir de la mano, con desarrollos que se integren de forma natural en la comunidad local. Y, sobre todo, el éxito proviene de una fuerte alineación con las partes interesadas regionales y nacionales que garantice que la visión del destino coincide con los objetivos a largo plazo del propio lugar.
A.L.: ¿Qué papel desempeñan las comunidades locales en Oriente Medio y África en estos proyectos?
B.B.: Para mí, todo comienza con «las personas, el planeta y el lugar». Las comunidades locales son el corazón de cualquier destino que merezca la pena construir. No solo se les debe consultar o contratar, sino que deben integrarse en la historia, en las operaciones y en el valor a largo plazo que crea el destino. Esos entornos son ricos, auténticos y plenos de cultura; tenemos la responsabilidad de garantizar que nuestra presencia los fortalezca en lugar de diluirlos. Puede ser complejo, ya que no siempre se dispone de habilidades técnicas y la formación lleva tiempo, pero la obligación no deja de existir. Es esencial respetar a los mayores, colaborar con los líderes locales, crear oportunidades para los jóvenes y garantizar que los beneficios reviertan en la comunidad. Cuando se construye con las personas en lugar de alrededor de ellas, el destino se vuelve mucho más significativo para los huéspedes y mucho más impactante para el propio lugar.

A.L.: Ha visitado algunos de los lugares más remotos del planeta. ¿Hay alguna historia personal o lección fundamental que ahora influya directamente en la creación de experiencias para otros?
B.B.: Después de viajar a algunos de los lugares más remotos del mundo, una creencia se ha fortalecido: el término «lujo» se utiliza de forma excesiva. Mi idea de lujo puede consistir en dormir bajo un dosel de estrellas después de una caminata de doce horas, mientras que la de otra persona puede ser una suite de cinco estrellas. La aventura es algo muy personal y siempre huyo de crear destinos que impongan una única definición a todo el mundo. Mi objetivo es crear lugares donde las personas se sientan conectadas con la naturaleza, inmersas en paisajes reales y capaces de disfrutar de actividades únicas sin necesidad de gastar miles de dólares por noche. La comodidad es importante, por supuesto, pero también lo es la autenticidad. La verdadera riqueza proviene del tiempo que se pasa en la naturaleza, de los placeres sencillos, de las historias compartidas y de las experiencias que permanecen en la memoria mucho tiempo después de haber partido. Alrededor de esa filosofía giran todos los destinos que ayudo a diseñar.
A.L.: Cuando tiene éxito, el turismo de aventura atrae a la gente a lugares frágiles. ¿Cómo se resuelve la paradoja de compartir un lugar remoto y, al mismo tiempo, contribuir inevitablemente a su transformación?
B.B.: Es el eterno desafío: ¿cómo compartir lugares extraordinarios sin sobrecargarlos? Para mí, la respuesta está en un diseño cuidadoso, en la gestión de los visitantes, en la educación y en la administración a largo plazo. Diseñamos destinos que se asientan con ligereza en el terreno: sistemas autónomos, mínimo impacto permanente, estructuras modulares y paisajes adaptables que protegen la biodiversidad. Nos centramos en el turismo de bajo volumen y alta experiencia, en lugar del turismo de masas. Incorporamos la interpretación en el recorrido de los visitantes para que comprendan el entorno en el que se adentran. Y colaboramos estrechamente con las comunidades para garantizar que el destino les beneficie económica y socialmente, al tiempo que reforzamos los valores de conservación. El objetivo no es sacar a la gente de casa, sino atraer a las personas adecuadas, de la manera adecuada y con la mentalidad adecuada. Si se hace correctamente, el turismo de aventura puede fortalecer un lugar en lugar de dañarlo.
A.L.: De cara al futuro, ¿qué es lo que más le entusiasma: el próximo destino por explorar, la próxima tecnología que aplicar o la próxima generación de aventureros?
B.B.: Sinceramente, las tres cosas: nuevos destinos, nuevas tecnologías y la próxima generación. He visitado cerca de 80 países, pero siento que apenas he arañado la superficie. Hay montañas que quiero escalar, selvas que explorar, sabanas que cruzar, y quiero experimentar todo lo que pueda con mis hijos. La tecnología, especialmente la inteligencia artificial, es increíblemente emocionante. Nos ofrece nuevas formas de planificar, imaginar y compartir experiencias, siempre y cuando la utilicemos como herramienta de inspiración y no como sustituta de la vida real. ¿Y la próxima generación? Esa es la parte que más me motiva. Ver a los jóvenes traspasar los límites, descubrir la naturaleza, ganar confianza y crecer a través de la aventura me produce una sensación muy intensa. Mis propios hijos ya son mucho más valientes de lo que yo lo era a su edad, y eso me da una gran esperanza para el futuro del turismo de aventura.
A.L.: Si tuviera que elegir una sola habilidad o valor para sobrevivir y tener éxito en este viaje (más allá de los conocimientos técnicos), ¿cuál sería y por qué?
B.B.: Si tuviera que elegir un valor, sería este: sonreír y ser amable. Cuando tenía 13 años, mi director me dijo que mi sonrisa por sí sola no me llevaría muy lejos en la vida. En parte tenía razón, pero he aprendido que una sonrisa sincera puede abrir puertas que las titulaciones nunca abrirán. Ya sea que explores una nueva cultura, que negocies un acuerdo o te sientes en la casa de alguien en un pueblo remoto, la amabilidad rompe barreras al instante. No requiere formación, ni título, ni cursos. Unas pocas palabras en el idioma local, un pequeño gesto de respeto, una expresión cálida… Son cosas que cambian toda la dinámica. Los conocimientos técnicos te permiten entrar en la sala; la amabilidad determina lo que sucede una vez que estás allí. Es simple, humano y universalmente comprensible.

