Es tendencia en la arquitectura contemporánea alejarse del fantasma estadístico del «habitante estándar», para realizar el diseño de edificios desde una visión cabal de la complejidad humana. Una de sus consecuencias es el concepto de «soberanía sensorial». Dicho de otra forma, gracias a un diseño consciente, al usuario final se le permite el ejercicio del libre albedrío al navegar en el caos visual y sonoro de un edificio.

Por ejemplo, el diseño de unas oficinas se realizará, según este planteamiento, con una «zonificación sensorial». Una distribución deliberada tendrá en consideración zonas de escape de bajo impacto sensorial, alternativas a las áreas de alta interacción. El usuario podrá decidir así acceder a estos refugios que custodian el silencio y la calma mediante soluciones acústicas suaves y una luz tamizada —natural, preferiblemente— que no agrede la retina.

Si la arquitectura integra además elementos biofílicos y materiales cálidos, como la madera, tanto mejor. Es así cómo el edificio establece un diálogo sosegado con el sistema nervioso, reduce el estrés y ofrece una suerte de seguridad psicológica.

El nuevo urbanismo inclusivo, que se adhiere también a la tendencia, prioriza la navegación intuitiva de los residentes. De esa manera, reduce la carga cognitiva sobre ellos a través de líneas de visión claras, una señalética coherente y texturas que orientan.

Al reconocer el variado espectro de la percepción humana, la arquitectura acoge a los distintos modos de habitar. Lo curioso del caso es que, un diseño que tiene en consideración a los grupos humanos más sensibles, se vuelve más legible, tranquilo y habitable para todos. Al fin y al cabo, es el espacio el que debería adaptarse a las personas, no las personas al espacio.

Por Manolo Barberá, modelador hidráulico sénior en el Dpto. de Arquitectura de Amusement Logic

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