Published On: 11.03.2022|Categories: Artículos|

Las conchas de los moluscos son resultado de una evolución de millones de años, contenida y expresada en el ADN de cada uno de los individuos de este filo. Con ellas, estos seres vivos se adaptan al medio ambiente para sobrevivir. Lo mismo ocurre con las madrigueras, las colmenas, los nidos, los hormigueros, etc., un producto del instinto de los animales y respuesta evolutiva a las condiciones del medio ambiente. Sin embargo, la arquitectura, o el proceso por el que los humanos diseñamos y construimos (entre otras cosas) nuestras «madrigueras», nuestras «colmenas» o nuestros «nidos», es intrínsecamente distinta al del mero ejercicio del instinto de supervivencia.

En efecto, el instinto, un proceso mecánico e invariable (fuera de mutaciones fortuitas) es insuficiente para la humanidad, incluso poco apropiado respecto a algunos de sus menesteres. Una de las principales razones de que sea así es que el instinto excluye la creatividad. La segunda de esas razones es que excluye a la cultura. En cambio, la arquitectura es un reflejo directo de la cultura, entendida, según el diccionario, como «conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.».

Así, si bien muchos de los productos de la arquitectura tienen la misma función y el mismo objetivo que otros del instinto (como la supervivencia y también, por qué no, la comodidad), su ejercicio está determinado por cuestiones históricas, entres las que se cuentan la evolución del gusto, el factor determinante de la tradición y la geografía, o el desarrollo tecnológico de cada época. Y a pesar de todo, la creatividad es un factor ineludible en la evolución y la variabilidad de la arquitectura. De hecho, así es como esta disciplina escapa en ocasiones a las determinaciones de su función y objetivo, y a la cadena de los factores históricos y ambientales.

Por último, hay otro elemento que va más allá del instinto, directamente relacionado con la creatividad y, por tanto, con la arquitectura: el juicio estético. Por mucho que la naturaleza nos parezca bella a menudo, igual que a un bebé el seno materno, las producciones del instinto no están asociadas en medida alguna a lo que los humanos juzgan como bello. No son hermosas o todo lo contrario, simplemente son, son así, y son de esa manera en la medida que representan una ventaja evolutiva para los seres vivos. Si no existieran los depredadores o la evaporación, probablemente no existirían las conchas de los moluscos. Así, el juicio estético es indisoluble de la creatividad humana, se aplica a sus producciones y, por tanto, a la arquitectura. Y claro, el juicio estético también evoluciona de acuerdo con las épocas históricas.

Inspirado en: ArchDaily. Imágenes: Proyectos de Amusement Logic.

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