Cuando una familia acude a un parque acuático, no solo valora la oferta de atracciones, sino que al final del día hace balance y examina la experiencia completa de todos sus miembros, de los niños a los más mayores. Pero esa experiencia comienza antes de subir al primer tobogán, lanzarse a la primera piscina o tomar el primer flotador para entrar en el río lento.
Efectivamente, la experiencia de la familia en un parque acuático se produce en su zona pública, es decir, en el conjunto de sus espacios y recorridos visibles y accesibles. Esa zona pública forma parte de la estrategia que influye directamente en la percepción de valor del parque, o, de otra forma, en las decisiones de los integrantes de la familia respecto del tiempo de permanencia en él. Es una cuestión que repercute, en última instancia, en la rentabilidad del proyecto.
La primera impresión que proporciona el parque acuático es clave en la percepción de valor que tendrán los integrantes de la familia. La experiencia comienza en el acceso, ya sea con el transporte público o en el aparcamiento al dejar el vehículo privado. También se integra en, vamos a decir esta primera parte de la experiencia, el proceso de compra de entradas y el control del acceso.
Precisamente, el diseño de la entrada y de las zonas de recepción permite producir un impacto inmediato, reforzar la identidad del proyecto, justificar el precio de la entrada e invitar al visitante a compartir su experiencia en redes sociales. Una estrategia especialmente eficaz consiste en instalar y erigir elementos icónicos, hitos o monumentos que inviten a fotografiarse al público. Además de permanecer en la memoria de los usuarios, dichos puntos de atracción actúan como dinamizadores de la presencia digital del parque.
Una vez que la familia ha accedido al interior del parque acuático, debe moverse de forma intuitiva y fluida, sin aglomeraciones ni desorientación. Organizar en el diseño los flujos de circulación es fundamental en ese sentido; evita puntos de congestión, distribuye de manera equilibrada los tránsitos y facilita la orientación mediante una señalética clara y coherente. Los miembros de la familia disfrutan más y, en consecuencia, permanecen más tiempo en el interior del recinto. Y esta permanencia, claro está, tiene un impacto directo en su gasto y, por tanto, en los resultados económicos del complejo acuático.
La zona pública desempeña además un papel importante en la generación de ingresos complementarios. La ubicación estratégica de restaurantes, tiendas y áreas de descanso permite animar a los familiares en los momentos oportunos —por ejemplo, después de una atracción intensa o durante una pausa natural en el recorrido— y favorecer así, de forma no intrusiva, orgánicamente, el consumo.
La comodidad constituye otro factor decisivo en el comportamiento de esa familia típica. En un parque acuático, aspectos como la disponibilidad de zonas de sombra, la existencia de espacios de descanso bien distribuidos, el uso de materiales adecuados al clima y el acceso sencillo a los servicios sanitarios y de restauración influyen directamente en la percepción general de la experiencia.
Por último, un diseño adecuado de las áreas públicas de un parque acuático tiene en consideración su futuro, más que como un destino estático, como un contínuo dinámico. De esa manera, prevé nuevas atracciones, así como la posible adaptación de los espacios a distintos perfiles de público. Esta capacidad de evolución es crucial para que el parque acuático pueda pensar en su competitividad a largo plazo.
Por Ángel Ibáñez Pérez, ingeniero MEP sénior en el Dpto. de Arquitectura de Amusement Logic


