El hotel Houshi Ryokan abrió sus puertas, en la localidad de Komatsu, en la parte oeste de la isla de Honshu, Japón, en el año 718 —sí, no es un error tipográfico, fue en 718—. Desde entonces, la misma familia lo ha regentado a lo largo de 46 generaciones.

Como ocurre a menudo en Japón, la historia de Houshi Ryokan es una mezcla de realidad y leyenda —por cierto, ryokan es el nombre japonés para los alojamientos tradicionales del país, mientras que houshi significa «monje»—. Así pues, de acuerdo con la leyenda, se dice que el monje budista Taicho Daishi ascendió al monte Hakusan, una de las tres montañas sagradas de Japón, y allí, en un sueño, recibió la visita del dios de la montaña. La deidad le reveló que en el pueblo de Awazu, en las faldas del Hakusan, existía un manantial de aguas termales con extraordinarias propiedades curativas. Taicho Daishi ordenó entonces a su discípulo Garyo Houshi, ese mismo año de 718, que construyera en el lugar un balneario para alivio de los enfermos.

Así nació lo que con el tiempo se convertiría en el Houshi Ryokan. La fuente termal, conocida como Awazu Onsen, es la más antigua de la región y su caudal jamás se ha interrumpido en más de trece siglos. El establecimiento comenzó siendo un modesto albergue-sanatorio, pero el primer propietario, Zengoro —un nombre que se repetirá en cada generación—, decidió convertirlo en una posada termal para el cuidado del cuerpo y del espíritu de los viajeros.

Houshi Ryokan se distribuye en torno a un jardín japonés de musgo, pinos rojos y cedros centenarios, un espacio que Toemon Sano, maestro jardinero de decimosexta generación, ha sabido armonizar con el bosque antiguo que rodea el hotel. Cuatro alas, conectadas alrededor de este jardín, llevan los nombres de las cuatro estaciones: Primavera, Verano, Otoño e Invierno. Cada una de ellas ofrece una perspectiva distinta del jardín; los huéspedes pueden contemplar el cambio de los cerezos en flor, el verdor intenso del verano, los colores del otoño o la blancura invernal desde las aguas termales.

El corazón del complejo lo ocupa el Enmeikaku, un pabellón de estilo palaciego que carpinteros de élite construyeron en madera de ciprés, mediante ensamblajes sin un solo clavo, durante la era Meiji (1869-1912). Sus puertas correderas de laca negra con incrustaciones de pan de oro y sus pomos de ágata son un ejemplo de la exquisitez del trabajo y la maestría de los artesanos japoneses.

Las habitaciones, de suelos de tatami y camas futón, mantienen una estética sobria pero refinada. Algunas cuentan con vistas directas al jardín y acceso privado a los baños termales; otras, como las del ala de Primavera, son las más demandadas por su relación directa con el exterior. En total, el ryokan dispone de un centenar de habitaciones con capacidad para alojar a 450 huéspedes.

Más allá de su arquitectura tradicional, las verdaderas protagonistas del hotel Houshi Ryokan son las aguas termales del Awazu Onsen. Estas brotan a una temperatura constante y sus propiedades han sido alabadas durante siglos. Los baños principales, llamados Houmei y Enmei, ofrecen vistas al jardín y permiten al visitante observar cómo el color de las piedras sumergidas cambia con los minerales disueltos en el agua. Para quienes buscan mayor privacidad, pueden reservar dos baños privados, Taicho no Yu y Garyo no Yu, cuyos nombres honran a los legendarios fundadores del establecimiento.

El actual propietario de Houshi Ryokan, Zengoro Houshi, representa a la cuadragésimo sexta generación al frente del negocio. Su nombre, como es tradición, repite el del fundador. En un documental realizado por el cineasta alemán Fritz Schumann y estrenado en The Atlantic, Zengoro habla con una sinceridad poco común sobre lo que significa llevar la responsabilidad de un legado de 1300 años: «desde que nací y empecé a llorar, todos me decían que yo sería quien llevaría el Houshi Ryokan». Y añade: «nuestra responsabilidad es enfrentar los problemas, no huir de ellos. Aceptar el cambio es nuestra obligación».

Con ello, Zengoro se refiere al hecho de que la familia tuvo que romper con la tradición que reservaba la sucesión a los varones. Hisae, la única descendiente viva —tras la muerte de un hijo varón y un nieto—, tomará el relevo al frente del Houshi Ryokan. Aunque dudó si quería cargar con el peso de la gestión del hotel, pues en su juventud estudió para ser sanitaria, tal como confiesa el cabeza de familia, «ahora, ella trabaja muy duro, y se lo agradezco».

Por último, siquiera de pasada, comentaremos que, durante años, el hotel Houshi Ryokan figuró en el Libro Guinness de los Récords como el hotel más antiguo del mundo en funcionamiento ininterrumpido. En 2011, sin embargo, otro ryokan japonés, el Nishiyama Onsen Keiunkan —fundado en el año 705reclamó ese título y lo obtuvo. Pero el Houshi Ryokan sigue siendo, con sus 1308 años de historia (en el momento de escribir estas líneas), el negocio familiar más longevo del planeta, una distinción que los propietarios, con la discreción que les caracteriza, nunca han explotado comercialmente.

El Houshi Ryokan ha sobrevivido a guerras civiles, a la restauración Meiji, a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y ha visto cómo las geishas que amenizaban las veladas dieron paso a familias con niños; cómo las estancias de semanas para curar dolencias se transformaron en pernoctaciones de fin de semana. En cualquier caso, el edificio, que ha acogido a miembros de la familia imperial japonesa y a personalidades de la industria y la cultura local e internacional, recibió la certificación como Bien Cultural Tangible de Japón en 2016.

Fuentes: Houshi Ryokan, The Atlantic, HEC Montréal / Chaire Entrepreneuriat Famille, Guinness World Records.
Imágenes: Houshi Ryokan.

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