Durante décadas, el acero y el hormigón han sido el único idioma de la arquitectura de nuestras ciudades. Frío, inflexible, sólido… Y, de pronto, irrumpió la construcción de edificios con madera, mediante paneles contralaminados de coníferas unidos a alta presión. Pero no se trataba solo de un nuevo material en arquitectura, sino que significaba una promesa ecológica para aliviar la huella industrial de las grandes metrópolis.

Hoy, aquel entusiasmo inicial choca con una realidad más compleja: cadenas de suministro frágiles, regulaciones antiincendios estrictas y costes elevados. Y aunque numerosas e impresionantes torres de madera salpican ya el panorama urbano en ciudades, de Oslo a Portland, los grandes proyectos arquitectónicos construidos con madera no dejan de ser excepciones.

Y es que, después de aquellos experimentos de arquitectura en madera, asistimos ahora a una reestructuración tecnológica inevitable. La capacidad industrial real para la construcción de edificios en madera tiene límites, por más que la urgencia medioambiental que la impulsó permanece intacta.

El progreso exige tiempo, y la madera requiere una paciencia que no casa completamente con las urgencias inmobiliarias de la actualidad. Podemos asegurar que la madera en arquitectura y construcción no destronará al acero de la noche a la mañana. Sin embargo, invita a una reflexión saludable sobre nuestra forma de habitar el planeta.

Por Manolo Barberá, modelador hidráulico sénior en el Dpto. de Arquitectura de Amusement Logic

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