Si Le Corbusier diseñó un urbanismo que llevaba la naturaleza a la ciudad —como vimos en nuestro artículo sobre la Ciudad Radiante— y Howard un desarrollo urbano que llevaba la ciudad a la naturaleza —como también vimos en aquel de la Ciudad Jardín—, Clarence Perry propuso en cambio un diseño urbanístico para el niño que camina a la escuela. Fue en 1929, como parte del Plan Regional de Nueva York, cuando Perry presentó su concepto de «unidad vecinal». Se trataba de una propuesta urbanística que devolvía la mirada, en plena exaltación del automóvil, a la escala humana y a la vida cotidiana de quienes habitan la ciudad.
Perry propuso situar la escuela primaria en el corazón geográfico del barrio y en el centro de la comunidad. Su idea era tan lógica como revolucionaria —y actual un siglo después—: las dimensiones del barrio no debía decidirlas un promotor inmobiliario ni la lógica del mercado, sino la distancia que un niño puede recorrer de forma segura para llegar a su colegio. Esta sencilla premisa desplazaba el eje del urbanismo de la eficiencia vial a la protección de los más vulnerables, y establecía una nueva jerarquía en la que la escala peatonal se imponía a la del automóvil.
Para hacer del barrio una comunidad viva, Perry propuso que las grandes avenidas y el tráfico pesado rodearan su perímetro y nunca lo atravesaran. Unas calles tranquilas debían invitar al paseo y al juego y los equipamientos esenciales —escuela, parques, tiendas, etc.— debían situarse a una distancia máxima de entre 400 y 800 m o, en términos humanos, al alcance de recorridos de entre 5 y 10 minutos a pie. Para garantizar el contacto cotidiano con la naturaleza, al menos el 10% de la superficie del barrio debía destinarse a parques y espacios de recreo. Por último, los comercios debían situarse de modo que sirvieran al vecindario, pero en sus límites y en la intersección de vías principales, para mantener el bullicio y el tráfico fuera de las áreas residenciales.

Como decíamos, el modelo de Perry es el precursor directo de lo que hoy conocemos como las «ciudades de 15 minutos». Su mayor acierto fue entender que la ciudad no es solo un lugar de paso, sino un hábitat social que tiene una cohesión particular gracias a la cercanía, el encuentro y la seguridad. Una comunidad no se construye con grandes infraestructuras, entendía Perry, sino con la tranquilidad de que un niño cruce la calle sin miedo, un adulto compre el pan sin coger el coche y los vecinos se encuentren en el parque y conversen.
Os dejamos enlace a los artículos sobre la propuesta de Le Corbusier y la de Howard, para saber más:
» La ciudad jardín: el sueño de un equilibrio perfecto
» La utopía vertical: cuando Le Corbusier quiso llevar el campo a la ciudad
Por David González Molina, gestor BIM en el Dpto. de Arquitectura de Amusement Logic

