Si Ebenezer Howard soñó con que el ciudadano regresara al campo en la Ciudad Jardín, Le Corbusier planteó una aspiración inversa: que el campo entrara en la ciudad. Fue en 1933 cuando el arquitecto franco-suizo presentó su Ville Radieuse —la Ciudad Radiante—, una utopía urbana para conjurar, mediante la razón y la tecnología, el caos en el que el siglo XIX había sumido a las metrópolis industriales. Se trataba de una enmienda general al urbanismo tradicional y una apuesta por un futuro ordenado de los cimientos al cielo.

Para Le Corbusier la vivienda debía ser, ante todo, una máquina de habitar, dizque un espacio funcional, preciso y despojado de todo ornamento superfluo. Su propuesta consistía nada más y nada menos que en demoler los centros históricos congestionados —considerados irrecuperables desde una perspectiva higienista y funcional— y sustituirlos por gigantescos rascacielos cruciformes, de vidrio y acero, dispuestos con precisión matemática.

Al elevar las viviendas en torres, se liberaba hasta el 95% del suelo, que quedaba destinado exclusivamente al paisaje. El resultado era una ciudad donde el ciudadano vivía literalmente en las nubes, rodeado de luz y aire puro, mientras que a sus pies se extendía un océano de parques, jardines públicos y espacios abiertos. Con todo, la Ciudad Radiante introdujo tres conceptos que influyeron profundamente en el urbanismo del siglo XX. Veámoslos:

El primero fue la zonificación estricta: los espacios de la ciudad se dividían por funciones, con sectores específicos y perfectamente delimitados para vivir, trabajar, circular y disfrutar del ocio. Estos sectores no debían mezclarse ni confundirse jamás, pues en su separación radicaba precisamente, según Le Corbusier, el secreto para eliminar los conflictos y la congestión propia de la ciudad decimonónica.

WaskoGM / deviantart.com

El segundo concepto fue el de la consagración del automóvil como eje vertebrador de la movilidad en el espacio urbano. El diseño priorizaba grandes autopistas elevadas, con una circulación rápida e ininterrumpida, y eliminaba así la calle tradicional. El peatón quedaba relegado a los jardines y pasarelas peatonales, separado por completo del flujo mecánico y ruidoso de los vehículos.

El tercer principio fue el de la estandarización o, de otra forma, la vocación universalista. Todo en la Ciudad Radiante —desde los bloques residenciales hasta el mobiliario urbano— debía contar con un diseño que respondiera a una lógica industrial para su reproducción en cualquier parte del mundo. Y esto sin consideración por las particularidades topográficas, climáticas o culturales de cada lugar.

Aunque la Ciudad Radiante nunca se construyó como tal, sus tres principios o conceptos, insistimos, influyeron notablemente, a veces de forma contradictoria, en el urbanismo posterior. La construcción de Brasilia —la capital planificada de Brasil, hoy declarada Patrimonio de la Humanidad—, es un ejemplo sobresaliente; o los grandes complejos de vivienda social que proliferaron en la periferia de ciudades de todo el mundo, desde Europa hasta América Latina.

Sin embargo, esa rigidez del modelo de Le Corbusier también fue su condena. Al separar tan estrictamente las funciones urbanas —el lugar de trabajo de la vivienda, el espacio de vivienda del ocio, el ocio de la circulación—, despojaba a la calle como espacio de encuentro y vida social. Las calles se convertían de esa manera en lugares funcionales, fríos, emocionalmente estériles, que dificultaban o impedían directamente la vida comunitaria.

Por David González Molina, gestor BIM en el Dpto. de Arquitectura de Amusement Logic

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