Los orígenes modernos de los toboganes acuáticos se remontan a mediados del siglo XX, cuando los primeros parques acuáticos comenzaron a incorporar en sus instalaciones estructuras simples: pendientes rectas construidas en fibra de vidrio o metal. Estos diseños iniciales, de trayectorias directas y pocas elaboraciones, perseguían un único objetivo: la velocidad.
Con el crecimiento de la popularidad de los parques acuáticos en las décadas de los 70 y 80, surgieron los primeros toboganes en espiral, las curvas cerradas y los pronunciados cambios de altura. Paralelamente, la incorporación de bombas de agua más potentes permitió mover mayores volúmenes de caudal, lo que hizo posible el diseño de recorridos más largos, fluidos y seguros.

La verdadera transformación en el diseño de toboganes acuáticos llegó en los años 90 y en la primera década del siglo XXI. Aparecieron entonces los toboganes cerrados tipo tubo, los flotadores para uso familiar y las complejas estructuras multinivel. Este periodo estuvo marcado por la experimentación con materiales nuevos más resistentes y por superficies internas optimizadas para reducir la fricción al mínimo. En consecuencia, se amplió enormemente el rango de formas y trayectorias viables.

Hoy, los toboganes acuáticos son auténticas obras de ingeniería especializada. Integran efectos de luz, secciones transparentes, caídas prácticamente verticales y sistemas de control que, mediante sensores, gestionan la experiencia del usuario. La evolución continúa su curso, impulsada por el afán incesante de ofrecer experiencias multisensoriales con recorridos cada vez más emocionantes, seguros y visualmente impactantes.
Por Carlos Rodríguez, especialista en Hidráulica y Atracciones acuáticas en el Dpto. de Arquitectura de Amusement Logic

