En arquitectura para el ocio y el turismo, la señalética es una especie de hilo de Ariadna en el laberinto de agua y hormigón de un parque acuático, una fina cuerda que convierte la desorientación en orientación y hace desaparecer el temor a perderse. En el espacio que media entre el deseo del visitante y su satisfacción, se desarrolla un proceso mental en cuatro actos: orientación, decisión, seguimiento y reconocimiento. Entre los reflejos y salpicaduras de un parque acuático, el diseño debe producir la certeza del camino correcto.
Los signos que descifran los espacios del parque acuático se elaboran en cuatro «idiomas». Está el idioma de las señales de dirección, que proyectan el camino hacia delante; el de las señales informativas, que narran los tiempos de espera y preparan al usuario para lo que está por venir; el de los signos identificativos, que nombran cada atracción y la individualizan; y el de las señales regulatorias, que imponen el orden necesario para que la convivencia sea posible.

El diseño eficaz de estos sistemas exige su ubicación en los puntos de decisión y en las encrucijadas donde la duda amenaza con interrumpir el flujo de la experiencia. Y cada señal debe ser como un relámpago: breve, clara e imposible de ignorar. Si, al detener su paso, el usuario levanta la vista en busca de confirmación y esta no llega, el diseño fracasa. El objetivo último es que el espacio se explique por sí mismo, que la necesidad de orientación quede satisfecha antes incluso de que se formule la pregunta.


Los mapas han dejado hoy, sin embargo, de ser un elemento estático, fijo en un panel, para convertirse en un organismo vivo, capaz de adaptarse y responder. Las nuevas tecnologías han provocado la mutación de las señales, que ahora acompañan al usuario sin necesidad de que este las busque activamente. Los dispositivos electrónicos digitales dictan el rumbo mediante pulsos hápticos, mientras informan en tiempo real sobre los periodos de espera, los cierres imprevistos o las recomendaciones personalizadas. La señalética predice el movimiento de los usuarios y desvía su cauce antes de que se produzca el caos. Los operadores del parque acuático gestionan así la afluencia con una precisión antes inimaginable.

Sin embargo, en un parque acuático, como en un laberinto, el verdadero lujo, más que en saber siempre dónde está uno, reside en la certeza de que se podrá volver. El espacio se transforma en aventura, en un lugar donde perderse es, sencillamente, otra forma de encontrarse.
Por Manolo Barberá, modelador hidráulico sénior en el Dpto. de Arquitectura de Amusement Logic

