Existe un universo paralelo, o mejor, una arquitectura paralela a la de esos rascacielos anclados a la tierra tanto por la gravedad como por presupuestos reales. Esa arquitectura paralela es la arquitectura especulativa. Esta no se pregunta qué podemos construir hoy, sino que imagina qué debemos construir mañana. Es una disciplina que, mediante una combinación de ciencia ficción, teoría crítica y diseño espacial, proyecta conceptos utópicos más allá del destino de nuestra especie como habitantes del planeta.

La arquitectura especulativa se inició en los años 60, como reacción irónica y radical a los avances vertiginosos de la tecnológica y la euforia de la carrera espacial. Colectivos vanguardistas como Archigram o Superstudio diseñaron en aquel entonces ciudades flotantes, redes monumentales que envolvían el planeta y estructuras nómadas que se desplazaban como organismos vivos. No proponían planos a promotores inmobiliarios ni buscaban clientes concretos; lanzaban satélites intelectuales.

Su mensaje fue rotundo: la arquitectura no son ladrillos, acero y hormigón, sino un reflejo de la condición humana. Por tanto, debe preguntarse no tanto por la viabilidad de sus propuestas como por el futuro de esa condición. Al fin y al cabo, el futuro no es un destino fijo, sino un lienzo maleable que los arquitectos especulativos se atreven a emborronar con trazos audaces.

Al ignorar deliberadamente los límites económicos y las restricciones normativas, estos creadores exploran las consecuencias de nuestras acciones actuales y lanzan preguntas que nadie se hace. ¿Cómo serán nuestros hogares en un universo multiplanetario habitado? ¿Y la ciudad, si el trabajo, el ocio y el descanso se llevan a entornos virtuales? Estas preguntas, lejos de ser ociosas, anticipan dilemas a los que se enfrentará más tarde o más temprano la arquitectura convencional.

Liam Young, por ejemplo, con su proyecto Planet City, propone concentrar a toda la humanidad —10.000 millones de personas— en una única metrópolis del tamaño de una región media, y devolver a la naturaleza el resto del planeta, de forma que se regeneren los ecosistemas y prosperen la fauna y la flora. Paralelamente, en el Massachusetts Institute of Technology cultivan materiales, mediante biología sintética, que crecen en lugar de fabricarse, en una especie de arquitectura de edificios vivos.

En definitiva, la arquitectura especulativa nos recuerda una verdad que a menudo olvidamos: para transformar el futuro, primero debemos imaginarlo. Y la osadía de imaginar ese futuro, aunque no tenga consecuencias inmediatas, establece los fundamentos conceptuales sobre los que se levantarán, algún día, los edificios que cambiarán el mundo.

Por Manolo Barberá, modelador hidráulico sénior en el Dpto. de Arquitectura de Amusement Logic

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