En el número 68–69 de Via Garibaldi, en el corazón del Trastevere romano, Villa Lontana ha abierto un nuevo espacio: Bar Far. No se trata de una sala de exposiciones al uso, ni de un local comercial convencional, es ambas cosas a la vez: una instalación artística y un bar en funcionamiento, un lugar ideado por los artistas Clementine Keith-Roach y Christopher Page. La iniciativa prolonga la línea de trabajo de Villa Lontana, un proyecto sin ánimo de lucro dedicado desde 2018 a «explorar la intersección entre prácticas antiguas y contemporáneas en artes visuales y sonido».

Del trabajo conjunto de Keith-Roach, escultora, y Page, pintor, surgen piezas que indagan en la construcción de nuevos mundos sobre los restos del antiguo. En Bar Far, esa exploración adquiere la forma de espacio transitable, de interior, incluso de interiorismo; un lugar inspirador con una tematización única. Esa tematización no se limita a decorar las estancias, sino que las anima desde dentro, se vale de recursos de la tradición romana antigua y barroca, pero también se recrea en los legendarios bares artísticos del siglo XX: el Cabaret Voltaire, el Colony Room de Londres o el Caffè Greco frecuentado por De Chirico.

Quien traspasa la puerta de Bar Far se encuentra envuelto en una atmósfera inquietante, un tanto paradójica. La extrema sobriedad arquitectónica —resultado de la reforma realizada con Studio Strato— convive con destellos de color de un futuro sangrante, pero también con ecos de una fastuosidad antigua y casi perversa. La materialidad interior adquiere una dimensión humana, espiritual, las paredes parecen respirar y uno espera recibir un frío abrazo, tan repentino como aterrador, al apoyarse en una pared.

El efecto es el de un espacio que oscila entre lo sacro y lo sepulcral, entre la ruina y la profecía, entre lo grotesco y lo fantasmal. Las piezas de Keith-Roach acentúan esa ambigüedad: fragmentos de cuerpos en escayola emergen de los muros y se combinan con objetos y motivos, como cariátides rebeldes que han renunciado a la noble tarea de sostener el edificio para dedicarse a otros menesteres tal vez más livianos. Page, por su parte, pinta la última estancia con una falsa columnata que se abre a un horizonte infinito y amenazador, iluminado por un resplandor equívoco.

El engaño es parte del juego. Las superficies pétreas de los relieves resultan ser escayola pintada; la profundidad de la perspectiva mural se deshace al cambiar de ángulo. Lo escultórico se funde con lo arquitectónico y lo pictórico lo desmiente, en un continuo juego de trompe l’oeil que invita a mirar dos, tres, cuatro veces. No se trata de una ilusión que busca la perfección, sino de una fantasía contrahecha, un sueño que muestra sus costuras y, al hacerlo, revela algo sobre la naturaleza de lo que vemos y, quizá, de forma suficientemente perturbadora, sobre la nuestra propia.

Cabe preguntarse qué sentido tiene un bar que es también una obra de arte, o una obra de arte que funciona como bar. Tal vez la respuesta esté en esa vocación de los viejos locales de conversación: ofrecer un lugar donde detenerse, mirar sin prisa y, quién sabe, encontrar algo inesperado. En Bar Far, lo inesperado está en la imagen teñida que percibimos a través de una copa de vino, en un relieve que emerge de la pared y nos acaricia la mejilla, o en el gesto de quien, al otro lado de la barra, sirve esa copa como si formara parte de una danza macabra.

Fuente: Villa Lontana.
Imágenes: Villa Lontana.

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