La experiencia de deslizarse por un tobogán acuático se compone de emoción, percepción del riesgo y recompensa psicológica. Más allá de las emociones naturales que despierta la velocidad, el descenso y el agua, nuestro cerebro interpreta la altura o la incertidumbre del recorrido como una situación que exige respuesta inmediata. Y esto es así aunque sepamos, de hecho, que se trata de una actividad completamente segura.
Pongámonos en situación: una persona sube por la torre de salida, hasta una altura de, digamos, 20 m, y se sitúa al borde del tobogán acuático. En ese momento, su organismo activa automáticamente un mecanismo de supervivencia, es decir, de lucha y/o de huida. En esa respuesta se incluye la liberación que efectúan las glándulas suprarrenales de adrenalina —esa hormona tan presente en un parque acuático.
Y la adrenalina acelera el ritmo cardíaco y la respiración, incrementa el flujo sanguíneo hacia los músculos y dilata las pupilas para mejorar la percepción visual. En eso consiste el estado de alerta. Y son estos cambios, precisamente, que ocurren en apenas unos segundos, los que hacen que la experiencia se perciba como intensa y emocionante.

Esa persona, al lanzarse por el tobogán acuático desde 20 m de altura, percibe la ilusión de peligro, pero es consciente al mismo tiempo de que el diseño de la atracción evita los riesgos mediante cálculos de ingeniería, pruebas empíricas y supervisión constante. Y es esa combinación de miedo y seguridad la que hace que la experiencia resulte atractiva. Experimenta emociones intensas sin exponerse a un peligro real.
Por fin, al llegar a la piscina de recepción y finalizar el recorrido, el cerebro de esa persona se anega de dopamina —un neurotransmisor asociado a la recompensa y el placer—, y también de endorfinas —responsables de la sensación de euforia, la reducción de la percepción del dolor o el estrés—. En consecuencia, nuestra protagonista sentirá alegría, sensación de logro, deseo de repetir y mayor confianza en sí misma.
Debemos señalar que no todas las personas viven estas emociones con la misma intensidad. La psicología describe un rasgo que impulsa a las personas a una búsqueda de sensaciones, lo que trae como consecuencia su preferencia por actividades novedosas, intensas o con algo de riesgo. Precisamente, las personas con ese rasgo más acentuado prefieren toboganes de gran altura, caídas casi verticales, curvas pronunciadas o recorridos oscuros con efectos sorpresa. En cambio, aquellas en quienes el rasgo prevalece menos, optan por atracciones más suaves.
Por Carlos Rodríguez, especialista en Hidráulica y Atracciones acuáticas en el Dpto. de Arquitectura de Amusement Logic

