A diferencia de la arena de río o de playa, cuyos granos presentan rugosidades que favorecen su trabado en el cemento, los granos de la arena del desierto son finos y, por efecto de la erosión eólica, carecen de aristas o entresijos. Es por esa razón que se descarta como elemento integrante del hormigón en la construcción. Al menos hasta ahora, porque recientes avances científicos abren nuevas posibilidades y cuestionan esa limitación histórica.
El objetivo de los nuevos avances es el de aprovechar recursos locales abundantes —en lugar de importar áridos desde cientos de kilómetros— y, al mismo tiempo, disminuir la extracción insostenible de arena de ríos y costas. Al fin y al cabo, esta última es una actividad que causa graves daños ecológicos, erosiona cauces, destruye ecosistemas de ribera y genera conflictos sociales en numerosas regiones del planeta.
Recientes investigaciones procedentes de Japón y Noruega han descubierto precisamente un nuevo material denominado Botanical SandCrete. Este nuevo compuesto, que bien podría calificarse como un hormigón de origen vegetal, se obtiene al someter a una combinación de altas temperaturas y presión controlada una mezcla de arena desértica con polvo de madera.
En ese proceso, la lignina —un polímero natural presente en las paredes celulares de los vegetales, responsable de su rigidez— actúa como un adhesivo de origen biológico que une los granos de arena sin necesidad de recurrir al cemento Portland convencional. El resultado es un material sólido, coherente y con unas prestaciones mecánicas que, en determinadas aplicaciones, pueden competir con las del hormigón tradicional.


Pero esa no es la única línea de investigación abierta para el uso de la arena desértica. Algunas investigaciones exploran los llamados «ladrillos geopoliméricos». Estos se elaboran mediante activadores alcalinos que desencadenan reacciones de polimerización inorgánica a partir de materiales ricos en aluminosilicatos. Otras investigaciones apuestan por la nanotecnología, mediante la que se modifica la superficie de los granos a escala molecular para mejorar su adherencia. Otras aproximaciones emplean procesos biológicos, con bacterias específicas que precipitan carbonato cálcico y solidifican la arena de forma natural.
Es cierto que muchas de estas tecnologías se encuentran aún en fase de desarrollo o de pruebas de laboratorio, y que queda un largo camino hasta su implementación comercial a gran escala. Sin embargo, su potencial es enorme. En el futuro, podrían permitir la construcción de infraestructuras en zonas áridas —desde viviendas básicas hasta carreteras o aeropuertos— de forma mucho más sostenible. Con ello se aprovecharía un material que hoy se considera inútil, pero que abunda en las regiones que más lo necesitan.
Por Pablo Vidal, arquitecto sénior en el Dpto. de Arquitectura de Amusement Logic

