Sin ser aún la máxima prioridad de la población, no cabe duda de que la sensibilidad medioambiental ha aumentado significativamente en las últimas décadas. El movimiento ecologista de los 60 era minoritario, casi pintoresco, hasta que surgieron los primeros movimientos políticos de color verde en los 70. A finales de los 80 se acuña el término “desarrollo sostenible”, y a partir de la conferencia de Río en 1992 el término forma parte de nuestro vocabulario habitual y ocupa los titulares de los medios de comunicación. Pero la gente suele ir por delante de los gobiernos, los hábitos de consumo se adelantan a legislaciones y normativas. Y las nuevas generaciones se preocupan por estos temas más que las anteriores.
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Incluso en los Estados Unidos, el mayor consumidor de recursos hídricos per cápita del mundo, las encuestas indican que 9 de cada 10 personas se preocupa por el medio ambiente. Y en lo que atañe al ocio, el 70% de los visitantes de parques de atracciones encuestados preferirían que los parques fueran más sostenibles, sobre todo los jóvenes (un 75% en el caso de los menores de 35, un 52% en el caso de los mayores de 55). Incluso un 34% del total encuestado estaría dispuesto a pagar un poco más por visitar una atracción sostenible. Y en general, el público joven está educado y muestra escepticismo ante propuestas “verdes” si no demuestran fehacientemente que lo son.

El consumo de recursos preocupa a todo operador. Representa un porcentaje importante del gasto operativo, y cada vez más debido al aumento en los precios energéticos. En general se puede decir que los parques procuran no derrochar. Sin embargo, la gran mayoría de parques acuáticos no tienen políticas claras de ahorro de agua, el recurso natural más importante de nuestro planeta y que corre serios peligros de escasear. El agua es además la base de su negocio. Un parque acuático consume menos agua que un campo de golf, pero podría consumir aún menos.

Por suerte, algunos de los nuevos parques acuáticos ya se diseñan teniendo en cuenta criterios sostenibles, integrando desde un principio tecnologías respetuosas con el medio ambiente. Filtros que necesitan menos lavados, sistemas de generación local de cloro, tratamientos sin cloro, la recuperación de aguas pluviales, la reducción de la evaporación nocturna, iluminación con LEDs en vez de incandescente, generación renovable, bombeo distribuido en vez de centralizado. Todas estas tecnologías existen y los diseñadores de parques acuáticos están constantemente desarrollando nuevos métodos para reducir el impacto ambiental, no sólo en las atracciones sino en el conjunto de las instalaciones de los parques.

Ya existen reconocimientos oficiales a las políticas medioambientales en forma de la certificación internacional ISO 14001 o el sistema Pearl de Estidama. Cada vez más parques acuáticos se adscriben a ellos, como Yas Island en Abu Dhabi o Center Parcs en toda Europa. Aún falta que los Estados Unidos, donde se encuentran más de la mitad de los parques acuáticos del mundo, se implanten seriamente los criterios sostenibles y se demuestren los resultados positivos que generan. La adopción de este tipo de políticas no sólo reduce el impacto medioambiental. Supone además un ahorro en los gastos operativos y una mejora de la imagen de las instalaciones. Eso es un parque acuático sostenible.